Editorial por: José Luis Galván

Recuerdo que solo tenía cuatro años cuando le di un beso en su mejilla, su piel cálida, suave, respiré su aroma a bebé que aún guardo en la memoria como si fuera ese mismo día. Él acababa de llegar en un otoño frío que parecía más bien invierno; eran los primeros días de diciembre. Es un recuerdo muy claro, ya que para poder besarlo le quité como tres cobijas y estuve a punto de caerme, porque me subí a su cuna sin que nadie me viera. Ahí estábamos, él y yo, los dos juntos por primera vez en nuestras vidas; yo contemplando emocionado a mi hermano Gabriel, quien llegó a este mundo un 7 de diciembre de 1974.

Era el quinto hermano que llegaba al familia, dicen que no hay quinto malo. ¿Será? La verdad hoy, a sus 46 años, en lo personal lo considero el más “calavera” de todos, el más divertido, el más intelectual, el que dice que fue “el consentido de mamá”, el que le ganó más veces al abuelo en el  dominó, hazaña por la cual, se llevó el título de “el mil chapuzas”. Es quien nos ha hecho pasar más sustos que cualquier otro hermano; ahora, en la era del #covid, fue uno de los contagiados a quien peor le fue en cuanto a molestias y síntomas incómodos, sin embargo, no queda exento de recaer en la enfermedad debido a su “alma de libertad”  y salir a gozar la vida.

Hoy  cumple otra vuelta al sol en medio de una pandemia que le prohíbe vivir a su manera, en reuniones con amigos, convivencias en bares,  restaurantes y cantinas. Por si fuera poco, en este fin de semana que celebra su aniversario le impone el gobierno una “ley seca”, casi un “toque de queda”, al pedir que cierren las cortinas de los negocios sábado y domingo. Seguramente una medida para nada del agrado de Gabriel, quien es un búho que disfruta la noche, observa el pecado y se atreve a dar absoluciones a cuanta buena samaritana pudiera toparse en alguna calle.

Será un cumpleaños diferente para él, como son estos días para cualquiera, porque siempre estarán los comentarios de que este 2020 no contó, que no cumplimos años, que “descumplimos”, que no podremos celebrar igual conscientes de que alguien falta en la fiesta de la vida, esa persona querida al que el maldito virus se llevó. Tal vez en cualquier festejo deberíamos iniciar con un minuto de silencio por aquellos que ya no están entre nosotros.

Sin duda las restricciones y prohibiciones no van para mi hermano Gabriel, ya que él sabe gozar la vida; le encantan por ejemplo los conciertos, esas reuniones masivas en torno a la música, donde al más mínimo movimiento se puede dar un contacto con “el otro”, donde todos respiramos virus y bacterias musicales del artista en turno. Le gusta bailar, mover, acariciar  y hablarle al oído a la dama en turno en su danza.

Nada de eso en estos tiempos de pandemia podrá gozar, algunos le negarán el abrazo de cumpleaños debido a las prohibiciones establecidas por las autoridades de salud. En lo personal, más que un abrazo le debo muchas disculpas por tantos errores que he cometido, tanto como hermano, así como de padre, que es lo que por momentos intenté ser para él.

En este mismo instante hago un “mea culpa”, porque sé que no le gusta que hable de él en ningún escrito público; pero sólo quiero decirte:

¡Gracias Gabriel, por compartir conmigo estos apenas 46 años de tu vida! ¡Feliz cumpleaños!