Editorial por: José Luis Galván

“Torre de control, torre de control, explotó una ala del avión…” –“No hay problema, no hay problema; usted salte, piloto salte con su paracaídas”. –“¿Y los pasajeros?”        -“No hay problema, no hay problema, no son importantes”.  Mi hijo Gabrielo, de tan sólo ocho años, juega con sus aviones una historia divertida y cruel. ¿Será como efecto del encierro?  

Los pasajeros “no son importantes”, sólo van un alcalde, un gobernador y el presidente. Lo observo; él sigue en su juego, de su mano deja caer el pequeño avión y reproduce una serie de sonidos onomatopéyicos: “¡pos, pum, pum”.  “¡Ni modo! ¡Se murieron todos!”, termina diciendo, mientras me ve y sonríe pícaramente. “¿Gabrielo, cómo que en tu juego se mueren todos?”, le pregunto extrañado. 

No me contesta,  sigue con la sonrisa en su cara y se va a su cuarto para jugar ahora con sus legos. Me pudieran causar risa las ocurrencias de los juegos e historias que últimamente inventa Gabrielo; sin embargo, creo que van más allá de un simple juego de niño y entonces no puedo evitar cuestionarme qué es lo que le pasa. ¿Será el encierro? ¿El regreso a clases sin regresar a la escuela? ¿O acaso esa mala manía mía de hablar de política en la casa delante de mis hijos? 

Creo que el encierro es el factor más fuerte que han sufrido los niños en general debido a la pandemia que estamos viviendo. En mi caso, mis hijos no han salido a ningún lugar público; ahora que vivimos en Santiago, su máxima salida, sin duda muy buena, es a un río que está en la parte trasera  de mi casa. Ese paseo lo hemos gozado, pero sin la convivencia con otros niños o adultos.  

No soy sicólogo,  pero la autoridad más fuerte que tiene Gabrielo no son precisamente los gobernantes «no importantes», ni siquiera el nombre de ellos se sabe. Bueno el del presidente sí, no lo puse al principio pero claramente  dijo: “Y el presidente AMLO”. “No son importantes…”. 

Regresando a mi reflexión “sicológica”, las autoridades o gobernantes que mi hijo ve y “sufre a diario” somos sus padres y ahora sus maestros que le “dan órdenes” a través de una pantalla. Y es que, cuando le pregunté a Gabrielo cómo le había ido en su primer día de clases, emocionado me habló de sus compañeros, pero no mencionó a los maestros. Ante el cuestionamiento sobre cuál era la opinión sobre sus profesores, su respuesta fue escueta y algo fría: “Ah bien, pero sólo dan órdenes”, contestó. 

Duros son  para todos estos tiempos de pandemia y de las “nuevas realidades o normalidades”, como las quieran nombrar, cabe señalar la depresión y la ansiedad como la reacción de muchas personas ante estas nuevas circunstancias de vida; ante lo anterior pienso que los adultos de alguna u otra manera podemos entender e intentar manejar, aunque no resolver. ¿pero los niños?   

Observo que cada niño reacciona diferente a sus “encierros”,  a Gabrielo creo que le dio por la rebeldía, retando la decisiones que a veces se toman en la casa y confundiendo el aprendizaje con órdenes o imposiciones. Lo “positivo” es que todavía en sus  juegos utiliza mucho su imaginación,  aunque no con la candidez que definía su forma de ser, hoy se divierte con cierto sarcasmo e historias llenas de humor negro. 

Esperemos  que esta rebeldía sea temporal y que mi hijo regrese a su candidez habitual. Aunque para ser sincero, con esa última historia logró remover en mí esos ecos de rebeldía tardía que aún conservo, el poco anarquismo que aún queda en  mí, pues casi todo lo perdí al ser diputado.  En ese momento quería decirle a mi hijo Gabrielo: Tienes razón, los políticos somos en esta sociedad  “los no importantes”.