Editorial por: José Luis Galván

No quería llegar, algo le daba temor de este mundo, tal vez porque en México estábamos en medio de una batalla, “la guerra contra el narco”. Ya habían pasado varios días en que esperábamos su llegada; pero no, él simplemente no aparecía. Hasta que un domingo al mediodía vio la luz del mundo por primera vez, un 15 de agosto del 2010 llegó nuestro primer hijo, al que en forma de cariño antes de nacer le decíamos el “Cachorro”.

Ya en nuestros brazos obviamente no le podíamos seguir llamando de esta manera, así es que prosiguió la carretada de nombres que le podíamos poner al niño; en lo personal la única certeza que tenía es que no quería que se llamara como yo, pues mi nombre siempre me ha parecido muy común. Todavía en el Registro Civil, a unos minutos de plasmar su pequeña huella en un papel y hacerlo “formalmente” mexicano, no teníamos definido su nombre; Isadora, su madre, elegiría el primer nombre de nuestro primogénito y yo escogería el segundo.

Estando frente a la señorita de la computadora, de los labios de mi mujer salió una pequeña palabra de dos silabas: I-ker. No está mal pensé, un nombre corto y hasta cierto punto fuerte. Dentro de mí siempre tuve un nombre que me retumbó muchas veces en mi cabeza, pero sobre todo en mi corazón: David.

Iker David, así sería su nombre; el primero significa “Portador de buenas noticias”, “Visitación”, en alegoría del ángel que llega con Isabel, la prima de María la madre de Dios. El segundo, David: “El elegido de Dios”, también en alegoría bíblica del “Rey David”.

Sin embargo, ninguno de los dos eligió su nombre por cuestiones bíblicas o religiosas, la verdad es que mi mujer buscaba un nombre cercano al suyo: Isadora. E Iker le llenó el ojo como comúnmente se dice. Por mi parte, mi corazón se inclinó hacia el nombre de David, aludiendo a mi hermano “el pequeño”, quien en ese tiempo radicaba igual que nosotros en la CDMX y siempre estuvo al pendiente de nosotros.

Ahora, a 10 años de su llegada, en la celebración de su primera década, sigo agradeciendo infinitamente a Dios y a la vida este viaje que día a día hago con él, en el que más que enseñarle algo sobre la vida, descubro en Iker algo de mi inocencia y mi capacidad de asombro; me vuelvo un niño cuando juego con él y redescubro la vida, los dos aprendemos juntos.

Por supuesto en esta ocasión, debido a los tiempos de pandemia, no habrá una gran fiesta. Para ser sinceros a él la fiesta poco le interesa, pues lo único que desea es estar con sus papás y con su hermano, comer las cosas que le gustan y estar frente al aparato de televisión viendo todas las películas de los “Avengers”.

Su madre que es “muy sociable”, en otros tiempos se permitía decir “argüendera”, le ha organizado “una caravana sorpresa”, nuevas modalidades “extrañas” de celebración en tiempos del COVID. No comulgo mucho con esas “modas nuevas”, sólo espero que no sea parecida a esas caravanas que hacen en contra de AMLO, en las cuales las calles terminan vacías y con nulos participantes.

Después de gozar de lo que me ha parecido tan breve tiempo con mi hijo Iker David, en ésta su primera década de vida, quedó sorprendido de las experiencias que he vivido junto a él; de cómo, en un abrir y cerrar de ojos, aquel bebé cuya primer palabra fue “papá”, ahora es un niño que lee completos los libros de Harry Potter.

Iker David en estos diez años de vida ha logrado en nuestra familia honrar su nombre, ya que ha sido para nosotros un “Portador de buenas noticias”, “Visitación “ y sin duda “Un elegido de Dios “.