Editorial por: José Luis Galván

No es el calor que aumenta la temperatura ni las aglomeraciones que hacen que te sofoques, es que estás solo en tu cuarto con una fiebre de casi 40 grados; el cuerpo se quiebra, la garganta se reseca y la cabeza parece que va explotar; estas tirado en la cama, aislado y sin un medicamento exacto que te ayude a combatir al enemigo silencioso, invisible, el Covid -19.

Ése es el mejor escenario que te puede tocar cuando el virus se ha encariñado con tu cuerpo, se ha colado entre tus células, llega a visitarte por unos días y decide quedarse para probar tu fragilidad o fortaleza, tu paciencia ante las noches largas y los días interminables, cuando no sabes si llegas o ya te vas.

Sin embargo, eso no es lo trágico, lo que se vuelve una pesadilla es tener que llegar a un hospital, requerir de urgencia el proceso de intubación para “salvarte la vida”, para que puedas seguir respirando de manera artificial con un ventilador mecánico, mientras te sedan, vas a un coma inducido, a un sueño del que quizás ya no despertarás.

¿Qué puede ser más cruel que llegar a un hospital y morir? ¿No despedirte de tus seres queridos? ¿No tomar de la mano a alguien? ¿Que en tu última mirada no estén los seres que amaste? ¿Que en soledad, en una cama de hospital te lleve la muerte?

¿O será más cruel para tus seres queridos? que ya no podrán despedirse, que no te pueden tomar de la mano para darte confianza, seguridad, apoyo. Que no te van a poder ver. Que saben que estas solo, con temores y no están para reconfortarte. Que esperas la muerte, que no pueden estar contigo y tendrán que vivir con ese sentimiento el resto de su vida.

Esto está pasando sin que la mayoría nos demos cuenta, pues en las familias prefieren el silencio que declarar que hay un ser querido infectado por el virus, quizás porque sienten que serán discriminados, tal vez juzgados porque no tuvieron el cuidado necesario o actúan así, porque al parecer la sociedad con sus miedos prefiere agazaparse.

Hoy he escuchado el relato de gente cercana a mí, que ha sufrido la muerte de un amigo: un señor grande, de 65 años se contagió con Covid, que entró a un hospital privado no volvió a ver a su familia, ni su familia lo volvió a ver con vida. El hombre permaneció varios días intubado y sólo le hablaron a su esposa para decirle que había muerto y que por protocolo, lo incinerarían inmediatamente. La esposa fue al hospital y entró por la misma puerta por donde había llevado a su marido y ahora le daban sólo una caja con cenizas, no hubo despedida ni un último abrazo.

Aquí anda el virus, gozando el verano y por si no nos hemos dado cuenta no anda solo, va de la mano con una amiga fría y huesuda que si no nos cuidamos no sólo llegará el Covid-19 a hospedarse en nuestro cuerpo, sino que su compañera, la Catrina, nos llevará en su barca al otro lado del mar.